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La novela histórica, un gran legado de la Grecia antigua

Por Antonio Penadés, historiador y autor de El hombre de Esparta (Edhasa)

  La literatura es un arte que no resulta fácil de definir, a diferencia de otras disciplinas como la pintura o la escultura. Una posible definición de obra literaria podría ser la de un texto escrito que contiene cierta carga estética –aunque no es preciso que esté plagado de figuras retóricas, ni mucho menos–, que está dirigido a un público amplio y no a un destinatario concreto –un informe pericial o un recurso judicial no son literatura, por muy bien redactados que estén– y cuyo principal objetivo es gustar y conmover al lector, por encima siempre de su posible función informativa o formativa. La literatura, en todo caso, se dirige más a los sentidos que a la razón. Como sucede siempre que se propone una definición, hay escritos que se situarían en una zona fronteriza –por ejemplo, algunos ensayos con un alto tono divulgativo– y que quedarían a merced de una discusión sobre si quedan o no englobadas en la permeable acepción de obra literaria.

  La grandeza de la buena literatura reside, ante todo, en su inmensa capacidad de evasión. Por efecto de un conjunto de palabras bien escogidas y ordenadas, un escritor con oficio es capaz de conseguir que el lector aparque su propia identidad y que durante unas horas su mente se traslade a ese mundo que él ha creado en su imaginación y que queda contenido y explicado en las páginas de ese libro. Si el argumento es realmente interesante, si los personajes son atractivos y si el aspecto formal es correcto, el autor de una novela –o de cualquier otro género de ficción– ejerce un poder sobrenatural sobre aquel que sostiene su libro en las manos. Aunque el escritor proponga un universo totalmente irreal, si los personajes que él ha creado se rigen por unas normas coherentes, el lector las aceptará tal y como son, las hará suyas y se sumergirá en ese mundo como si fuera uno de los protagonistas.  

Este mecanismo sólo entra en funcionamiento con la literatura de calidad, pero cuando lo hace refleja fielmente el poder de la palabra escrita. La capacidad de evocación de un buen libro es tan grandiosa que nos puede conducir a universos con personajes y situaciones fascinantes. El significado de un conjunto de frases crea una conexión directa entre dos cerebros, el del lector y el del escritor, que posibilita que a través de un libro podamos ingresar en ese universo –posible o irreal, pero siempre coherente– que la imaginación de otra persona creó. Entonces, atrapados por la trama, seremos capaces de conocer de primera mano los problemas de personajes singulares y, si nos apetece, podremos convivir con ellos durante unos días y seguirles de cerca en sus aventuras.

 Lo más importante en una obra de ficción no es el universo que el autor propone, ni los personajes que pululan por él, ni tampoco la forma en la que el libro está escrito –aunque, desde luego, si el texto está mal redactado todo lo anterior no valdrá para nada–. Lo primordial en una obra literaria es siempre el argumento. La literatura es, en esencia, un vehículo para trasladar a distintas personas una historia interesante, un acto intrínsecamente humano que hasta la llegada de la escritura se realizaba siempre de forma oral, comúnmente alrededor de una mesa o junto a la chimenea.

  En Grecia antigua, la cuna de la literatura occidental, una vez que todos los miembros de la familia habían terminado sus tareas diarias, los abuelos o los padres permitían que los jóvenes se sentaran junto a ellos para transmitirles una parte de su bagaje cultural, compuesto por mitos, leyendas, fábulas y todo tipo de relatos ancestrales. Si excepcionalmente recalaba algún extranjero dotado de facilidad de palabra y cargado de experiencias que contar, se le ofrecía comida y alojamiento a cambio de sus historias. Esas personas buscaban, en definitiva, lo mismo que nosotros pretendemos encontrar en las novelas de nuestros días: esencialmente, argumentos que nos atrapen, historias que nos causen inquietud, pena, horror, alegría o intriga. Si es posible, buscaremos también formarnos, aprender cosas nuevas acerca del contexto en que se desarrolla la trama, pero si la lectura de un libro no consigue conmovernos, lo rechazaremos sin más. Resulta impresionante pensar que los antiguos griegos inventaron todos y cada uno de los géneros literarios que hoy en día se siguen creando y que consumimos en cantidades industriales.

 Cuando escuchamos que la civilización griega es la base de las sociedades occidentales, a veces nos suena a afirmación retórica, pero con ejemplos como este se aprecia mejor la magnitud del legado heleno. Efectivamente, todos los géneros que hoy integran la literatura –todos los que el hombre ha sido capaz de crear durante su historia– estaban ya vigentes en época helenística. El primero que realizó una clasificación fue Aristóteles, quien, en su Poética, reduce los géneros a tres: la épica, la lírica y el teatro. La novela no había nacido aún, aunque tardaría muy poco en hacerlo. Pero lo más llamativo del caso es que las normas por las que se rigen cada uno de los géneros literarios no han podido ser modificadas desde la época clásica griega. La estructura de una obra de ficción, sin importar que esté escrita en nuestros días o hace veintisiete siglos, necesita indefectiblemente tres partes bien diferenciadas: introducción, nudo y desenlace. Y por muchos experimentos que se hagan, si el autor no recurre a esa estructura básica ideada por los griegos antiguos, la obra no se mantiene en pie. Asimismo, y por citar un solo ejemplo más, en la ficción resulta irrelevante que lo que se narra coincida o no con la realidad; lo importante, tal y como afirmaba Aristóteles, es que el argumento se rija por lo plausible, por lo que «podría haber sucedido» según el contexto o el universo que el escritor propone.

 También los griegos antiguos crearon la novela histórica, ese género en el que la ficción se inserta en sociedades o civilizaciones pertenecientes al pasado. La primera novela histórica que ha llegado hasta nuestros días es Quereas y Calírroe, escrita por Caritón de Afrodisias en el siglo I, una estupenda obra que, a la vez que nos emociona a través de sus intensas aventuras y de sus pasajes románticos, nos muestra cómo era el ambiente en Siracusa y en la corte real persa a finales del siglo V a. C. A nuestros ojos, aquel griego de Afrodisias inauguró una herramienta insuperable para disfrutar con la literatura y con la historia.

 Veinte siglos después, la literatura histórica se mantiene en un estado de forma más que aceptable a pesar de los numerosos avatares que ha ido sufriendo, en especial tras la confusión creada en los últimos años por la irrupción de la novela esotérica, pseudo-histórica o como quiera o pueda denominarse tal fenómeno. Pero a éstas les sienta muy mal el paso del tiempo. La calidad literaria y el rigor histórico son y serán siempre las claves para la pervivencia del noble género de la novela histórica.

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articulo | by Dr. Radut