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Ensayo

Cómo leer un libro (fragmento discurso Joseph Brodsky)

“La manera de desarrollar buen gusto en literatura es leer poesía. Si piensan que estoy hablando por partidismo profesional, que estoy tratando de defender los intereses de mi gremio, están equivocados: no soy sindicalista. La clave consiste en que siendo la forma suprema de la locución humana, la poesía no es sólo la más concisa, la más condensada manera de transmitir la experiencia humana; ofrece también los criterios más elevados posibles para cualquier operación lingüística, especialmente sobre papel.
Mientras más poesía lee uno, menos tolerante se vuelve a cualquier forma de verbosidad, ya sea en el discurso político o filosófico, en historia, estudios sociales o en el arte de la ficción. El buen estilo en prosa es siempre rehén de la precisión, rapidez e intensidad lacónica de la dicción poética. Hija del epitafio y del epigrama, concebida al parecer como un atajo hacia cualquier tema concebible, la poesía impone una gran disciplina a la prosa. Le enseña no sólo el valor de cada palabra sino también los patrones mentales mercuriales de la especie, alternativas a una composición lineal, la destreza de evitar lo evidente, el énfasis en el detalle, la técnica del anticlímax. Sobre todo, la poesía desarrolla en la prosa ese apetito por la metafísica que distingue a una obra de arte de las meras belles lettres. Hay que admitir, sin embargo, que en este aspecto particular la prosa ha demostrado ser una discípula más bien perezosa”

 

 

Joseph Brodsky
“Cómo leer un libro”
(leído en la inauguración de la Feria del Libro de Turín en 1988)

El efecto de realidad, Roland Barthes

 
Calificación: 
5

Sobre la poesía

Por Carlos Penelas

 

Calificación: 
5

Freud, la cocaína, Dios y el sexo, por Leo Castillo

                                      

Freud. La cocaína. Dios y el sexo

   Por Leo Castillo       

    

La metáfora, libertadora del lenguaje

 

 

Por Stelmarch (A. Andrés), narradora y poeta

En mi pobre vida, tan vulgar y tranquila, las frases son aventuras y no recojo otras flores que las metáforas.

G. Flaubert

 

 

Una de las figuras más interesantes de la lengua es la metáfora. Sobre ella Vattino nos comenta: "la imposibilidad de salir de la precomprensión que tenemos ya siempre del mundo y de los significados [...] constituye nuestra posibilidad misma de encontrar el mundo. El conocimiento no es un ir del sujeto hacia un "objeto" simplemente presente o, viceversa, la interiorización de un objeto (originariamente separado) por parte de un sujeto originariamente vacío. El conocimiento es más bien la articulación de una comprensión originaria en la cual las cosas están ya descubiertas. Esta articulación se llama interpretación". (Vattimo, 1998: 34)

Partiendo de esta explicación, pero dejando un poco al margen los postulados puramente lingüísticos o semánticos que ofrecen una visión academicista, a veces fría y árida, desprovista de todo su alcance en un plano más elevado del conocimiento humano que tiene su expresión en otras disciplinas del saber, considero la metáfora como algo vivo, mutable, que nos lleva a desarrollar nuestra percepción del mundo desde puntos de vista diferentes, bien sea estéticos o filosóficos, y nos transporta a ese lugar individual donde uno se coloca para desentrañar el existir, darle un significado distinto que enriquece el espíritu y que no deja de ser real, ya que en la metáfora subyace el icono que representa y se convierte en una interpretación de una misma realidad.

 

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Del cuento breve y sus alrededores

Julio Cortázar
(Último round, 1969)

León L. affirmait qu’il n’y avait qu'une chose de plus épouvantable que l’Epouvante: la journée normale, le quotidien, nous-mêmes sans le cadre forgé par l’Epouvante. —Dieu a créé la mort. Il a créé la vie. Soit, déclamait L.L. Mais ne dites pas que c’est Lui qui a également créé la “journée normale”, la “vie de-tous-les-jours”. Grande est mon impiété, soit. Mais devant cette calomnie, devant ce blasphème, elle recule.
PIOTR RAWICZ, Le sang du ciel.

ALGUNA VEZ HORACIO Quiroga intentó un “decálogo del perfecto cuentista”, cuyo mero título vale ya como una guiñada de ojo al lector. Si nueve de los preceptos son considerablemente prescindibles, el último me parece de una lucidez impecable:

“Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento”.

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Arrimos a un cuento de Eugenio Montejo

Por Lesbia Quintero, escritora venezolana

 

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Dinero y poesía

Por Leo Castillo, escritor colombiano

 

 ¿Qué raro resplandor entraña la poesía que excita la envidia aleve del poder? El hombre con fortuna suele estimar, acaso no sin razón (este es el punto), que nada se halla más allá de su alcance. Conforme a esta presunción edifica en el viento el tinglado de toda suerte de reputaciones a capricho, y el dinero hace de él virtual Proteo en capacidad de revestirse de la gloria mundana que le peta. “Recuerda que todo me está permitido, y contra todos”, advierte Calígula, quien “una vez hizo llamar a palacio a medianoche a tres consulares, que llegaron sobrecogidos de terror. Hízoles colocarse en su teatro, y de pronto se lanzó al escenario con gran estrépito, al ruido de flautas y de sandalias sonoras, con el manto flotante y la túnica de los actores; en seguida ejecutó una danza acompañada de canto y desapareció.” Cuenta Suetonio que “quiso destruir los poemas de Homero, y preguntaba: ‘¿por qué no habría de poder hacer yo lo que hizo Platón, que lo desterró de la República que organizó?’ Poco faltó para que hiciese desaparecer de todas las bibliotecas las obras y retratos de Virgilio y Tito Livio, diciendo: ‘que el uno carecía de ingenio y de saber, y el otro era historiador locuaz e inexacto.’” También que “el autor de una poesía fue quemado por orden suya en el anfiteatro por un verso equívoco.” Cuanto a Séneca (a quien Nerón obligaría a darse muerte) despreciaba Calígula la elegancia y adornos de estilo, tachando sus obras de “tiradas teatrales” y como “arena sin cimientos.” Suetonio declara que entre las frecuentes e injuriosas proclamas de Julio Vindex, propretor de la Galia contra Nerón, “lo que más le ofendió (…) era que le tratasen de mal cantor” y salía preguntando a todos si conocían un artista más grande que él. Poco antes de suicidarse, se le oía exclamar: “¡Qué artista va a perecer conmigo!”

 
  Y Boswell, en su celebérrima Vida del doctor Johnson, a propósito del tratado de Rousseau sobre la desigualdad humana, que Mr. Dempster había opinado que “las ventajas de fortuna y abolengo no significaban nada para el hombre ilustrado.” Y Johnson: “en la sociedad civilizada las ventajas exteriores nos hacen más respetados (…) En la sociedad civilizada el mérito no os servirá tanto como el dinero.” Y proponía este ejercicio: “Salid a la calle, y dad a un hombre una conferencia sobre moral, y a otro un chelín, y ved cuál os brindará mayor respeto”, para concluir con esta amarga confesión: “Cuando andorreaba por las calles de esta ciudad, y era muy pobre, yo era gran defensor de las ventajas de la pobreza; pero al mismo tiempo lamentaba mucho ser pobre.”

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La novela histórica, un gran legado de la Grecia antigua

Por Antonio Penadés, historiador y autor de El hombre de Esparta (Edhasa)

  La literatura es un arte que no resulta fácil de definir, a diferencia de otras disciplinas como la pintura o la escultura. Una posible definición de obra literaria podría ser la de un texto escrito que contiene cierta carga estética –aunque no es preciso que esté plagado de figuras retóricas, ni mucho menos–, que está dirigido a un público amplio y no a un destinatario concreto –un informe pericial o un recurso judicial no son literatura, por muy bien redactados que estén– y cuyo principal objetivo es gustar y conmover al lector, por encima siempre de su posible función informativa o formativa. La literatura, en todo caso, se dirige más a los sentidos que a la razón. Como sucede siempre que se propone una definición, hay escritos que se situarían en una zona fronteriza –por ejemplo, algunos ensayos con un alto tono divulgativo– y que quedarían a merced de una discusión sobre si quedan o no englobadas en la permeable acepción de obra literaria.

  La grandeza de la buena literatura reside, ante todo, en su inmensa capacidad de evasión. Por efecto de un conjunto de palabras bien escogidas y ordenadas, un escritor con oficio es capaz de conseguir que el lector aparque su propia identidad y que durante unas horas su mente se traslade a ese mundo que él ha creado en su imaginación y que queda contenido y explicado en las páginas de ese libro. Si el argumento es realmente interesante, si los personajes son atractivos y si el aspecto formal es correcto, el autor de una novela –o de cualquier otro género de ficción– ejerce un poder sobrenatural sobre aquel que sostiene su libro en las manos. Aunque el escritor proponga un universo totalmente irreal, si los personajes que él ha creado se rigen por unas normas coherentes, el lector las aceptará tal y como son, las hará suyas y se sumergirá en ese mundo como si fuera uno de los protagonistas.  

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Sobre el origen de la Literatura

Por A.Andrés Machí, escritora y poeta

La palabra "literatura" es una palabra que quizás resulte injusta, tal como la aplicamos hoy en día, para hablar del venerable arte al que refiere, pues su comienzo y desarrollo desde sus orígenes tienen que ver más con la tradición oral, con base en la memoria y el inconsciente colectivo, que con los textos mismos plasmados en cuero, tablillas, pizarra, pergamino, piedra y/o cualquier material susceptible de impresión del que se valieron durante siglos los aguerridos amanuenses de antaño. Y es que hablar de Literatura es hablar de sentidos, del sentido del oído, del de la vista... y también del tiempo, de la huella ancestral que ha ido desarrollando la comunicación desde que las lenguas tuvieran su razón de ser, allá por aquellos días.

Decía Aristóteles: "Los sonidos vocales son símbolos de las afecciones del alma, y las letras lo son de los sonidos vocales. Y así como la escritura no es la misma para todos, tampoco los sonidos vocales son los mismos. Pero aquello de lo que estos son primariamente signos, las afecciones del alma, son las mismas para todos, y aquello de las que estas son imágenes, las cosas reales, son también las mismas"

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by Dr. Radut